¿CÓMO NOS AFECTA TENER ASUNTOS PENDIENTES?

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Aunque esto sea lo que a veces esperamos con nuestra conducta evasiva, las situaciones pendientes no desaparecen con el paso del tiempo. Al contrario, su resolución se vuelve cada vez más apremiante y las consecuencias se van acumulando. Entre ellas, podemos encontrar las siguientes:

Sentimientos de culpa y fracaso

Con el horizonte lleno de tareas pendientes, es común que nos sintamos culpables e improductivos. Si estas nubes se mantienen en el tiempo, pueden afectar a nuestra autoestima y a nuestro autoconcepto, haciendo que nos consideremos personas irresponsables y fracasadas.

Al fin y al cabo, al cumplir metas y objetivos aumenta la confianza en nosotros, preparándonos a nivel emocional para afrontar retos mayores.

Carga mental y estrés excesivo

Una gran parte de nuestra energía se consume en recordar, planificar y organizar, más que en hacer. Así, cuantos más asuntos inconclusos arrastremos, más saturada estará nuestra mente. Esto puede generarnos elevados niveles de estrés y llegar incluso a perjudicar nuestra salud.

Y es que con cada día que pase nos sentiremos más sobrecargados, pues nuevas tareas se sumarán a aquellas que venimos postergando y cada vez nos resultará más complicado gestionarlas todas a nivel mental.

Imposibilidad de disfrutar el presente

Solemos pensar que tener asuntos pendientes nos proporciona más tiempo de ocio y disfrute. Al fin y al cabo, si evito las obligaciones y las situaciones que me incomodan, puedo dedicar mis momentos a otras actividades más agradables. Paradójicamente, si no nos ocupamos de aquello que espera ser atendido, nos resultará muy difícil poder involucrarnos realmente en otros asuntos.

Mientras trates de centrarte en un capítulo de tu serie favorita, en una amena conversación con un amigo o en un simple paseo por la naturaleza, estarás constantemente recordando lo que aún debes hacer. Así, te estarás saboteando por partida doble: ni resuelves, ni disfrutas.

Tendencia a continuar procrastinando

Uno de los aspectos más llamativos respecto a este tema, es que la tendencia a postergar suele retroalimentarse a sí misma. Cuanto más evadimos los asuntos pendientes, más presión hay sobre nosotros para cumplirlos con celeridad, y esta misma ansiedad nos agobia y nos lleva a optar de nuevo por cualquier otra actividad más satisfactoria a corto plazo. De esta forma, el problema se hace cada vez mayor.